Quinteros y Passerini se juegan una carta clave con el nuevo estacionamiento medido

La salida de los naranjitas y el desembarco de los constatadores inauguran una etapa decisiva para la gestión municipal. El intendente apuesta parte de su legado político, mientras el ministro de Seguridad busca consolidarse como actor central en la disputa por la Capital. En el medio, crece el malestar de una clase media que siente que vuelve a pagar los costos del reordenamiento urbano.
Política26 de mayo de 2026 El Búnker
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La implementación del nuevo sistema de estacionamiento medido en Córdoba ya comenzó a mover piezas sensibles dentro del tablero político local. La progresiva salida de los tradicionales “naranjitas” y su reemplazo por un esquema formalizado de control, con constatadores y una nueva lógica de fiscalización, representa mucho más que una reforma administrativa: es una apuesta de alto riesgo para Martín Llaryora y, especialmente, para Daniel Passerini y Juan Pablo Quinteros, dos dirigentes que entienden que el éxito o fracaso de esta medida puede marcar buena parte de su futuro político inmediato.

Para el ministro de Seguridad, la avanzada sobre el sistema informal de estacionamiento supone una oportunidad para consolidar un perfil de gestión asociado al orden, la autoridad y la capacidad de resolver conflictos históricos de la ciudad. Su involucramiento no es casual: en plena reconfiguración del mapa político capitalino, busca posicionarse como una figura con peso propio dentro de la discusión sobre el futuro liderazgo en Córdoba. La disputa por la Capital ya empezó, y esta reforma aparece como una de sus principales plataformas de exposición pública.

Del otro lado, el intendente  enfrenta quizás uno de los desafíos más delicados de su administración. El rediseño del estacionamiento medido puede convertirse en una muestra concreta de capacidad de gestión y modernización urbana, pero también en un foco de desgaste político si no logra contener el creciente malestar vecinal. En las últimas horas, comenzaron a multiplicarse las quejas de sectores de clase media, especialmente en barrios que no estaban contemplados inicialmente y que fueron incorporados al nuevo esquema, generando rechazo por el impacto económico y la sensación de una expansión inconsulta del sistema.

Con una ciudadanía cada vez más exigente y un escenario político en plena tensión, el nuevo modelo de estacionamiento se transforma así en una verdadera prueba de fuego. Para Quinteros, puede ser el impulso que necesita para proyectarse políticamente; para Passerini, una “bala de plata” para cerrar una gestión compleja con una señal de orden y transformación. En Córdoba, el debate por dónde estacionar ya dejó de ser un problema de tránsito: ahora también es una disputa de poder.

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